Horacio Lobos Luna: TERCERA PARTE: DONDE MORAN LAS TINIEBLAS

TERCERA PARTE: DONDE MORAN LAS TINIEBLAS


A las raíces de los mares descendí, a un país que echó sus cerrojos tras de mí para siempre...
Jonás 2, 7.

¿No es tinieblas el Día de Yahveh, y sin luz, lóbrego y sin claridad?
Amós 5, 20.


I


ESPERAR... eso es. Esperar quieto, sin moverse, así, así estaba bien, justo detrás (tráelos, recuerda traerlos, entrar en el seno de la tierra, en el seno oscuro de la guarida donde los espero desde que el tiempo es tiempo, oh, sí), sí, aquí, justo, con el corazón palpitante y el vuelo de las aves detenido, aguardando otro momento propicio, sí, pero no mudas del todo, no del todo, no (es el tiempo, el que habita estas paredes mojadas de ansiedad, ahora que por fin se abre el averno, ruge la fuerza poderosa de esta acechante oscuridad y) hay que apurarse, ssshhht, tranquilo, él no las oye, no sabe, no conoce el ronroneante rumor de las plumas batiendo el aire, atravesando sus pensamientos, no sabe que (las alimañanas inician su ritual, el renacimiento, finalmente) las aves esperan, aguardan su momento para alzar el vuelo, entonces (llegan, ¿oyes?, tráelos, ¡corre a la Casa de tu amo!), de pronto, el murmullo lejano del viento haciendo vibrar las plumas, las alas se despliegan, sólo eso, y debe salir, salir y (¡corre a la Casa de tu amo!, ¡tráelos a la hondura de la que nunca se regresa!) correr, correr, justo, justo en el momento en que las alas se expanden, correr para que no sepa, para que no sienta el ronroneo, el batir de las plumas, alertas, preparadas, sí (¡corre!), entonces correr, salir de atrás y correr, justo en el momento en que las alas se abren, vibrando en su mente, formando la figura de imágenes conocidas: estrellitas, niño, libración, li-be-ra-ción, sí, sí, allá, a lo lejos, sí (¡li-be-ra-ciooooooón!).





SANTIAGO, agosto de 1920.

Señor:
David ..., S.J.
Presente.

Estimado párroco:

Permítame hacerle llegar mis más sinceros saludos en mi nombre y de los hermanos de parroquia a la cual pertenezco, además de mis congratulaciones por la feliz asignación al puerto de Carrizal Bajo que, según he sabido, se ha convertido en un centro económico lleno movimiento y promesas futuras.
Su misiva no pudo llegar en mejor momento, ya que he iniciado mi fase de retiro de la vida sacerdotal llevada hasta hoy; vida que, puedo decir, y gracias a la misericordiosa voluntad de Nuestro Señor, ha sido plena y satisfactoria en su mayor parte. Esto me permitirá seguir asistiéndole sin problemas como Guía Espiritual, a través de la correspondencia que, por lo que me ha anunciado en su sorpresiva carta, me enviará a modo de confesión, aunque en honor a la verdad, tengo por muy poco ortodoxo tal método en lo que se refiere a la confesión. ¿No es más conveniente y natural que la confesión se haga frente a frente? Juzgo por primordial esta condición para que se produzca la verdadera confesión y la absolución, que es su consecuencia inevitable, y estoy cierto que usted hará eco de esta apreciación tan fundamental en este importantísimo sacramento.
Sin embargo, y debido a la urgente insistencia de su carta, junto con las razones que usted da para negarse a dejar el Puerto por todo el tiempo que le tomaría venir a recibir directamente de mis manos el consuelo requerido que da la confesión, y sumando a ello la confianza que me profesa a pesar de que mis días como su Guía Espiritual hayan concluido con sus últimos días en el seminario, hace ya casi diez años, me será muy grato mantener correspondencia con usted en calidad de "confidente", haciendo la salvedad de que será sólo en este ámbito y que debe realizar el sacramento de la confesión como es requerido, recurriendo a algún sacerdote cercano a usted para que aquél se cumpla como es debido. Si pide mi consejo y oídos para aliviar su espíritu (que todos lo necesitamos pues nos autem peccavimus, inque fecimus, impie gessimus, et gravata est super nos manus tua), el primer consejo y condición que le impongo es lo ya dicho.
Hecha esta salvedad, y quedando a la espera de su próxima misiva, siempre dispuesto a instruirle en lo que pueda con lo poco que he aprendido en estos cincuenta años de sacerdocio, se despide de usted, con un fraternal abrazo de amistad:

Padre Abel Martínez, S.J.



Santiago, octubre 1920.

Señor:
David..., S.J.
Presente.

Querido amigo:
Junto con saludarle y desear que la paz del Señor le acompañe en su humilde tarea junto a los habitantes de su tierra natal, le envío este pequeño presente (un novenario de Nuestra Señora del Carmen), y paso a referirle las primeras impresiones que ha dejado en mi espíritu su, por decir lo menos, reveladora misiva.
Me ha sorprendido sobremanera el enterarme, a través de su carta-confidencia, que sus verdaderas raíces afincan en aquel Puerto y que se remontan a tantas generaciones ligadas a ese pedazo de tierra, tan palpable para mí por medio de sus clarificadoras líneas, a pesar de no haber tenido la suerte de estar de cuerpo presente por aquellas regiones, sentidas tan remotas desde estos suelos capitalinos.
Recuerdo haberle oído hablar, durante su permanencia en el seminario, de Vallenar como el lugar donde vivió su infancia, pero jamás, o por lo menos no lo recuerdo así, le oí mencionar Carrizal Bajo en la relación acerca de su procedencia. Sin embargo, no es esto, precisamente, lo que más me ha impactado y sorprendido de su reciente carta, sino las implicancias y sentidos que se desprenden de ella, en la curiosa (no encuentro una palabra más adecuada que esta por el momento) relación genealógica que usted pretende establecer (¿es correcta mi apreciación en esto?) entre el Puerto y usted.
Me dice que desciende de una estirpe tan antigua y oscura (esta es la palabra usada por usted) que le es imposible hacer referencia a ella, por el momento, sin causar en mí algún tipo de rechazo, escándalo o incredulidad. ¿Pero es posible que en realidad su confianza en mí se resienta fácilmente ante tan "endeble" argumento? Bien sabe que le aprecio y le quiero lo suficiente como para saber tomar con la debida seriedad cualquier particularidad que se refiera a su vida o sentimientos. Ante esto, sepa que cualquier tipo de reparo o expresión de asombro y sorpresa de mi parte, incluso de lo que pudiera llamarse "rechazo", ante sus confidencias, las de hoy y las que han de venir, no deben ser tomadas por su persona más que como muestras de preocupación y desvelo por su salud espiritual que, tan confiadamente, ha puesto en mis manos.
En consideración a esto, créame que no hago otra cosa que estar en plena consecuencia con ello cuando le pido que aclare ciertas dudas e inquietudes que me ha dejado su segunda carta. ¿A qué se refiere usted cuando dice que su estirpe es oscura? ¿Se refiere acaso al hecho de que ha estado alejada de Dios? Y cuando menciona su deber de permanecer en su tierra, una vez cumplido su destino (estoy usando sus mismas expresiones) de volver a ella, ¿a qué se refiere exactamente? ¿Acaso este camino, el camino de Dios, el que ha tomado en sus manos, tiene relación con este cumplimiento? Porque si es así, no puedo menos que desprender de sus palabras esto: que su decisión de tomar los votos tiene directa relación con este convencimiento suyo (y así me lo ha parecido en el fervor puesto en sus líneas) de que usted y su tierra están ligados por una deuda antigua y enigmática. Por supuesto, cada cual ha de tener sus razones, muy fuertes en cada uno, para elegir el camino del sacerdocio, y una no puede ser menos valedera que la otra cuando tal decisión es hecha con la fuerza de la convicción de todo apostolado; sin embargo, es preciso que le confiese mi reparo a las razones para elegir sus votos sacerdotales que desprendo de su reciente carta. No me negará que si es así, y me sabrá perdonar si mal interpreto el tono de su misiva, esta sería una razón un poco... ¿Inusual tal vez?
Queden a su consideración las implicancias de estas breves apreciaciones e interrogantes, que han nacido de la más profunda reflexión, siempre teniendo en cuenta el aprecio y preocupación con que evoco su persona.
Con la esperanza de estrechar su mano un día de estos y poder hablar personalmente con usted de este y de otros pormenores, se despide fraternalmente de usted:

Padre Abel Martínez, S.J.