Horacio Lobos Luna: Tercer Proemio

Tercer Proemio



I


LAS SOMBRAS crepusculares se extienden huidizas, pero sólidas, sobre llanuras fustigadas por un sol implacable que ahora se deja morir, mansamente, en esplendorosas ráfagas de amarillo intenso y rojo encendido. Es la hora del reposo, y la tierra, como los seres que la habitan, suspiran desde aquella tregua largamente esperada, deliciosa, mínima, porque con la última membrana de luz se detendrá también el tibio latido emanado aun por las grietas de los caminos, para petrificarse, rígido y duro, bajo un hostil manto nocturno, contra un cielo de ébano frío, escarchado de metálicos reflejos: delicadas gotas de rocío helado titilando dentro de aquella negrura sin fondo.
Antes de eso, habrá llegado a su destino, o a su antesala. La abrupta conformación del camino se habrá perdido en un remolino de polvo y pedruscos, tras una breve cortina de partículas que saborearán sueños aéreos un instante, para caer con la pesadez del despertar brutal contra la tierra. ¿No era así como él había sentido aquel primer estremecimiento esa madrugada acaso? Un despertar brutal, plagado de voces multiformes, desquiciantes, un hervidero de cuchicheos venidos de otro lugar, de ese otro lugar que jamás podía avistar, pero que intuía con una inteligibilidad casi dolorosa, desplegándose, vertiginoso, detrás de sus pensamientos más profundos y borrosos. ¿Por qué le había sido negado el silencio, el supremo momento en que un delgado filo de eternidad parecía rozar un punto del tiempo, como una inmaculada incisión por donde "la irreparable fuga de los días" (pulvis et umbra sumus) iniciase una curativa y reparadora sangría fuera de sí misma? ¿Por qué remansos de agua en calma y, en el fondo, oscuras sombras deslizándose en ansiosos e inquietantes círculos? ¿Por qué nunca la paz?
A medida que el camino se abre en un vaivén arrítmico, declinando tan inexorable como el atardecer, el azote de la brisa se hace más gélido y acuciante. En un fugaz esfuerzo despega una de sus manos del volante, sube la ventanilla –el bramido del viento se estrangula de golpe–, y controla la entrada del aire acondicionado. En aquel reducto metálico, que se hace tibio y acogedor de pronto, su mente vuelve a vagar, perdida, recolectando los últimos vestigios sensoriales revividos al amanecer, semidormida: sus ecos se impregnan ahora, nítidos, a la piel de su alma, y distantes al mismo tiempo, atraídos por la envoltura sedosa del sueño en el que habían vibrado. Era un sueño viejo, olvidado, pero familiar (había vuelto igual que esos viejos amigos que nunca te abandonan del todo, aunque jamás denoten su presencia); los lugares, los olores (¿había olores en sus sueños?), los sonidos, cada sensación (incluso la de opresión y miedo) había regresado con su antigua vastedad, inundando todo con los colores del delirio (y el terror) habitual de la niñez; en ella reconoció la perfecta claridad con la que se recortaba ante él aquel breve camino en descenso, sus mínimas curvaturas, las paredes de roca que lo flanqueaban y el árbol: su demencial silueta en un recodo, justo a la mitad de aquel estrecho callejón natural, erguido y nudoso (sólo en sus sueños), esperando, esperándolo (y el mar, el aberrante rugido del mar más allá, detrás de la oscuridad en la que desembocaba), todo, todo estaba allí, en idéntica configuración, intacto, conservado en su mente cada detalle, como una imagen embalsamada para la posteridad. Siempre era un niño expectante en ese sueño, parado en la cima de la abertura que lo invitaba, que lo empujaba (fascinante en todo su horror) a bajar por ella, mientras su cuerpo entero se contraía, tembloroso, abrazado (un frío abrazo de muerte) por el viento salado golpeando su rostro y, una vez más, con las manos apretadas (allá, en su sueño), se adentraba por aquel horror de infancia, por el familiar desnivel de la leve pendiente, adivinando (sólo adivinando aún), con los ojos desorbitados, la terrible visión que sabía lo aguardaba más allá, y apenas la divisó (la confusa silueta meciéndose a unos pasos de él), sintió un tibio fluir a través de los dedos contraídos sobre sus palmas (la contracción espasmódica de dos pequeños puños) y pensó: Me clavé las uñas y estoy sangrando, y el pensamiento sonó extrañamente lejano, como la voz de un narrador -un (adulto) narrador de sueños- tomando nota de hechos puntuales, por primera vez advertidos con plena nitidez en esa bruma sonámbula, y volvió a pensar (no supo si como niño o como adulto): Ahora voy a verlo. Voy a verlo, Dios mío, y él va a verme a ..., entonces percibió –nitidez perfecta– cómo la vejiga se le distendía, y una nueva tibieza, pero ahora bajando por las piernas, escociendo, porque ya se paraba una vez más justo frente al árbol –el árbol del ahorcado– y algo, una fuerza superior a aquel terror desquiciante, lo obligaba a levantar lenta, muy lentamente, la vista, tan lentamente que podía saborear (al filo de la inconciencia) la negra espesura del pavor total, mientras sus ojos ascendían, primero por las piernas (un par de zapatos rotos, viejos, húmedos de algas marinas y tiras de tela, dejando al descubierto cráteres de piel colgante y huesos), luego por la cintura y el pecho (cosas oscuras, viscosas, anidando en un ombligo putrefacto y desmesurado como una entraña oscura), hasta detenerse en los hombros (algas, algas y agua salada -podía sentir su aroma- chorreando eternas) y entonces, por un instante doloroso y agónico de lucha, se resistía a seguir..., pero seguía, contra su propia voluntad seguía, y veía (el pecho subiéndole y bajándole en un jadeo mortal) aquel trozo de cuerda, negra de moho, tiempo y muerte, y una lengua tumefacta colgando, larga (cuán larga, Dios mío...) hacia un lado, y la vulva de unos ojos a punto de escapar de sus órbitas, retorcidos hacia la lobredad de un cielo sin estrellas; entonces el horror también humedecía su mirada infantil (allí, en su sueño), y a través de una cortina acuosa veía a aquello girar sus cuentas desencajadas suave, muuuy suavemente, fijar su blanca oquedad en él, sonreír (¿por qué no moría en ese mismo instante, Dios mío, por qué no terminaba de morir?), y luego esa boca abriéndose en un desmesurado esfuerzo (cosas goteando en racimos desde la comisura), gorgoteaba a través de la lengua muerta, una frase, siempre una frase... En el minuto supremo del espanto, justo antes de derrumbarse cercenada por el terror más absoluto, su mente infantil escapaba al delirio dando un chillido agudo y ululante, donde cada palabra articulada por esos labios negros de sal y arena se oía nítida y resonante, tejiendo una sentencia destinada a su cumplimiento tarde o temprano. En la recurrencia de ese sueño de infancia, todo aquel proceso, hasta el último detalle, se repetía cíclicamente con perfecta simetría: sólo la sentencia cambiaba. Nunca era la misma. Hasta hace unas horas atrás. En la penumbra de esa misma madrugada había escapado de aquel horroroso pozo de sueño, una vez más, a manotazos y empujones, y había vuelto a gritar en un sollozo largo y amargo, cuando aquel esperpento, allá, en el profundo abismo de los horrores de su niñez (recuperados de la bendición de un largo y reparador olvido), le sonrió y le dijo (como lo hizo una noche, inmemoriales años atrás): ¿sabes dónde está tu hermano, niño?
Ahora, a medida que se acercan las luces que anuncian el final de una larga jornada (casi una vida, ¿no?), la angustia vuelve a depositarse como un polvoso residuo en su alma. Es la misma angustia que lo ha acompañado durante aquel viaje sin regreso y que, a minutos de la antesala a su destino (su verdadero destino), se hace más opresiva, presa de una creciente ansiedad. Echa una breve mirada a la hora y bosteza. Doce horas seguidas -piensa-. Batí un record. La naciente oscuridad ha empezado a ganar terreno, igual que el cansancio. Cuando ya traspasa los límites de la ciudad (ha encendido las luces), se arrellana en el asiento, intranquilo, e instintivamente acaricia la pequeña cruz de plata sobre su pecho: su boca se mueve musitando alguna oración. Al doblar a la calle escrita en la última carta de su hermano, piensa: Debí haberles avisado.