Horacio Lobos Luna: Proemio a la Segunda Parte

Proemio a la Segunda Parte

I


POCOS o casi ninguno de los habitantes de Carrizal Bajo podría haber dicho de dónde había venido o cómo había llegado a ser lo que era. Pero todos o casi todos tenían la plena seguridad de que estaba más loco que una cabra de cerro. Eso nunca impidió, sin embargo, que se mantuviera un fino cerco de respeto en torno a su figura, incluso por parte de los niños, quienes solían ensañarse cruelmente con cualquier otro personaje de ropajes extraños y extravagantes. Pero no con él. Nunca con él.
Se podía haber vislumbrado, detrás de esa inusitada deferencia, un dejo de cariño hacia su familiar coexistecia con los habitantes de la Caleta y, en cierto modo, así era. Quizás por su manera inofensiva y casi respetuosa de comportarse, quizás por lo divertido que podía resultar a veces conversar con él, quizás por su añosa indigencia, quizás... Pero había algo más. Había siempre algo más que parecía flotar en torno a su desarrapada figura: un imperceptible halo que a veces (sólo a veces) amenazaba con eclipsar aquella mansa y roja mirada, como el anuncio de un oscuro huracán a punto de iniciar su irreversible ola destructora sobre todo aquello que estuviera al alcance de esa mirada, de esas manos, o de esa boca... O tal vez sólo se tratara de sus delirantes prédicas que hablaban de avernos, liberación, guardianes y elegidos, o de la inquietante cadencia de su voz al pronunciar esas palabras, o tal vez aquellos arcanos rituales justo a la caída de la noche: letanías dolorosas, mientras su borrosa sombra, una silueta andrajosa danzante sobre un alto pico rocoso, se iba ennegreciendo, conjurando recónditos males venidos de caprichosas regiones de su mente enfermiza... Y, sin embargo... Algo parecía cuajar de pronto en medio de aquel sortilegio: el silencio se agolpaba súbitamente contra el ulular de su plegaria, que el viento arrastraba por entre las calles, crispando el quejumbroso aullar de los perros y la densa quietud de los que dormían, de los que paseaban o volvían de la faena... Unos cuantos segundos cargados de presagios y promesas tormentosas, hasta que, al fin, el último rayo de sol se eclipsaba bajo un cielo negro, estrellado... silencioso.
Probablemente nadie jamás habría admitido aquel extraño lapso en que el tiempo y el espacio parecían condensarse bajo un tortuoso hermetismo que recorría la Caleta de lado a lado, entre las notas del cadencioso conjuro emanado, vibrante y tembloroso, de su andrajoso pecho durante cada anochecer. Ni tampoco nadie habría podido siquiera considerar la posibilidad de haberse sentido alguna vez someramente inquieto ante su inextricable proceso. Y, probablemente, no habrían mentido. Porque aquella inquietud se posaba sobre sus almas como una fina capa de sensaciones nebulosas, tan tenue y recóndita que sólo era percibida por algún olvidado sentido que, de pronto, parecía despertarse, soñoliento, levemente excitado por la letanía de aquel ritual y secretamente difuso para sus mentes ocupadas en los quehaceres de aquella hora del día y, sin embargo, indescriptiblemente acuciante.
Por eso siempre se le veía vagar de un lado a otro de la Caleta, parloteante, presuroso, furtivo, esconderse en las casas abandonadas y dormir en oscuras cuevas entibiadas por el sol de la tarde, siempre cercano, familiar y, no obstante, distante, lejano y extraño, tortuosamente extraño. Tan extraño y tan tortuoso como aquellos conocidos sucesos que precedían a sus ataques de locura incontrolable: el asunto de la señora Asunción, lo ocurrido con el pobre Patricio y con el Jote. ¿Quién podía ignorar las coincidencias y las estremecedoras consecuencias? Aunque nadie jamás se hubiese atrevido a admitirlo (ni dedicarle siquiera un fugaz pensamiento a semejante ocurrencia), en la frágil -pero infranqueable- línea que definía la estrecha separación de su amigable relación con los habitantes de la Caleta, se perfilaba una inefable latencia, una urgencia delatadora, inquisitiva, que irradiaba negras estelas, oscuros signos de acontecimientos que amenazaban con cristalizar en algún lugar inesperado del tiempo.