Horacio Lobos Luna: PRIMERA PARTE: LA CASA VIEJA

PRIMERA PARTE: LA CASA VIEJA


¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!
Dante Alighieri, La divina comedia.





I


SÚBITAMENTE Daniel dijo:
― ¿Vamos a la Casa Vieja?
Los cuatro rostros levantaron la mirada casi al mismo tiempo, y el movimiento de manos se congeló sobre la arena húmeda. Lo observaron un segundo. Sólo un segundo. Lo suficiente para que una ráfaga de aire ondulara entre ellos, alborotando cabelleras y azotando minúsculas partículas contra la piel.
― ¿Ahora? –dijo Adela por fin.
― No –se inclinó hacia el centro del círculo que formaban y agregó, insinuante–: A la noche.
Estaban sentados a unos metros de la playa, alrededor de un prominente cráter que habían cavado mientras escuchaban radio, hablaban a gritos y se reían de sus propios chistes o de la gente que pasaba. Después de unas horas de baño, algunos juegos y unos sandwiches con gusto a arena, habían decidido volver a cavar, dejando que la brisa y el sol de la tarde terminaran de secar sus cuerpos. Ahora el sol descendía rápidamente hacia el banco de nubes que cubría el horizonte, la radio permanecía callada, semienterrada en la arena, y la playa se iba quedando desierta. Sólo un sonido prevalecía sobre el silencio que lo llenaba todo en ese instante: el bramido profundo y furioso del mar. Y el eco de la última frase de Daniel que aún vibraba en el aire.
― ¿Ir de noche? –dijo Claudio.
La pregunta salió con una tensión tan extraña que todos giraron a mirarlo. Sus facciones habían adquirido una extraña palidez en la mortecina luz del atardecer.
― Sí, ¿qué tiene? –dijo Daniel, y añadió burlón–: No me digai que se te hace...
― No –dijo Claudio–. Pero aquí todo el mundo tiene prohibido ir allá y no creo que mis viejos nos dejen.
― ¿Y para qué les vamos a decir? dijo Jorge con vivacidad . Nos hacemos los lesos y salimos sin que se den cuenta.
― Sí –apoyó Marcia–. A ver si es verdad lo que nos contaste de los duendes.
― Ah, no –dijo Adela, nerviosa–. A mí esas cosas me dan julepe...
― Oye, pero si son puros cuentos –se mofó Daniel.
― ¿Y si no son puros cuentos?
Una solitaria gaviota planeó cerca de ellos y su graznido perforó la opacidad del ambiente, de una tonalidad gris a medida que las sombras se alargaban y crecían en un devorador bostezo. La brisa había empezado a desperdigar furiosos granos de arena en una lluvia invisible y la atención de todos volvía a Claudio. El aprensivo tono de sus palabras gravitó en medio de un rugiente silencio marino: una microscópica fracción de duda picoteando oscuras fibras. ¿Y si no son puros cuentos?
― Ah, ya –bufó Daniel finalmente, emitiendo una incrédula risita que disipó la precaria atmósfera–. Ahora tú también vai a creer en esas historias...
― No –dijo Claudio. Su voz les llegó suave y sombría a través del viento, mientras desviaba la vista a las lejanas rocas que ocultaban la silueta de la Casa Vieja–. Pero aquí en carrizal las noches son muy raras... No sé. A veces es como si algo anduviera por ahí, suelto. Sonidos, cosas... Yo nunca he visto nada, pero siempre tengo cuidado cuando salgo de noche. En verano casi no se siente; parece que se fuera cuando llega la gente y el movimiento, pero cuando queda solo o hay poca gente... –se volvió hasta los rostros que lo observaban en un silencio casi religioso–. ¿No lo han sentido?
El viento se cortó de golpe. El vacío de sonido en los siguientes segundos fue abrumador. La primera en reaccionar fue Adela.
― No –exclamó, levantándose de un salto y sacudiéndose la arena con inquietud–. ¿Y saben que más?, este asuntito no me hace ninguna gracia, así que, no sé ustedes, pero se está haciendo de noche, tengo frío y me quiero ir...
El brusco comentario les hizo recobrar la noción del tiempo y, por primera vez, miraron a su alrededor: la playa estaba prácticamente vacía y el viento y la marea se agitaban con creciente vehemencia. Fue como si la irrealidad del momento se trizara bajo la inminencia de la oscuridad acercándose en sucesivas oleadas de aire frío. Las luces de las casas y de los puestos cercanos a la playa habían ido encendiéndose y el paisaje cobraba contornos cada vez más nebulosos.
― Sí, mejor nos vamos –dijo Claudio, parándose–. Acuérdense que mi viejo se empieza a urgir si nos demoramos mucho.
Se inició un movimiento rápido y abandonaron la orilla del cráter. El último en levantarse fue Daniel. Se quitó la arena del pecho mientras comentaba en un inconfundible tono de desencanto:
― O sea que achicaron para ir a la Casa esa...
― Por mí no hable, compadre –respondió Jorge haciendo un ademán y concentrándose en desenterrar la radio–. Yo no tengo ningún problema en ir... Chucha –agregó, sacudiendo el aparato–, ojalá que esta mierda no cague con tanta arena.
― ¿Y tú Marcia? –dijo Daniel.
― No sé –dudó Marcia, acercándose donde estaban sus cosas.
― Bueno, ¿no que te encantaban los misterios y las películas de terror? –insistió Daniel.
― Sí –reconoció Marcia–, pero una cosa es ver una película y otra muy distinta es cagarse de miedo en vivo y en directo.
― Chucha –se rió Daniel, incrédulo–. O sea que a todos se les hace...
― Mira –aclaró Marcia–, yo no tengo ningún problema en ir, pero si vamos todos.
Y se paró firme, los pies clavados en la arena, la cabellera agitándosele locamente frente al rostro y un par de ojos desafiantes, en espera de una respuesta. Luego de un fugaz intercambio de miradas Daniel volvió a urgir:
― ¿Y?
― Yo dije que sí –contestó Jorge.
La atención de los tres se dirigió casi automáticamente a Adela y Claudio, juntos en un punto del círculo que, inconcientemente, habían vuelto a formar. Hubo un breve instante en que los ojos de ambos se cruzaron, incómodos. Al fin Adela, con un gesto de fastidio, levantó un dedo en señal de advertencia:
― Pero si la cosa se pone muy fea, nos devolvemos.
― ¡Eso! –gritó Daniel, y agregó excitado–: No se van arrepentir. Lo vamos a pasar de-miedo...
Rápidamente se pusieron las poleras y terminaron de recoger lo que les quedaba, a medida que el jirón de niebla borroneaba el horizonte. Antes de dejar el lugar, Claudio miró la creciente agitación del mar, comúnmente tranquilo.
― La mar está brava –dijo.
Al oírlo Adela observó el agua y la expresión levemente concentrada de Claudio.
― ¿Y eso es malo? –preguntó.
Un tenue encogimiento de hombros por parte de él.
― No sé –respondió–. Si no empieza a botar nada quiere decir que se va a calmar –y agregó, más animado–. ¿Caminamos?
― Caminamos –sonrió ella.
Se apuraron para alcanzar al resto que avanzaba hablando y riéndose a gritos. Cuando por fin volvieron a ser el compacto grupo de alegres amigos playeros, el viento inició otro enérgico embate alrededor de sus figuras que se alejaron, casi solitarias, mientras la noche seguía creciendo bajo un inexorable estruendo marino.