Horacio Lobos Luna: (Libro Segundo) PRIMERA PARTE: OÍDO, NARIZ Y BOCA

(Libro Segundo) PRIMERA PARTE: OÍDO, NARIZ Y BOCA


¿No consideráis que aquello que llamamos locura es una hiperestesia de los sentidos?
 
Edgar Allan Poe, El corazón delator.



TECLEÓ una larga frase en mayúsculas y se detuvo tan abrupto como había empezado. Quedó mirando la titilante pantalla del computador personal como un sonámbulo, iluminado por su destello azulino y frío, apenas suficiente para poner en fuga la amenazadora conjunción de sombras y oscuridad que lo rodeaba. Su rostro reflejaba una amoratada palidez, efecto de aquella reverberancia digital, y los surcos de su frente parecían profundizados, dándole un inquietante aire de envilecimiento a su mirada, perdida en los temblorosos caracteres que se dibujaban sobre un fondo azul intenso: EL TERROR VIENE DEL MAR. Parecía el título de una mala película gringa, cosas que se habían vuelto sinónimo para él (gringa=mala) desde hacía bastante tiempo. Apretó la tecla de retroceso y las palabras desaparecieron, barridas hacia atrás como por arte de magia. El cursor volvió a su posición inicial.
Okey, pensó, apoyando los codos en la mesa y restregándose el rostro con fuerza, okey, okey, mejor duermo un poco y mañana... Lanzó un largo suspiro, mientras volvía a pensar: Y mañana otra vez mañana y así hasta el final de los tiempos, amen... No. No puedo seguir en la misma. Apretó los dientes y los ojos y gimió imperceptiblemente, con rabia. No había llegado hasta allí para quedarse pegado sólo porque el mar había botado unas cuantas estrellas marinas delante de él. Eso pasaba. El mar a veces botaba cosas. Él debía saberlo, ¿no? Pero botó toneladas de esas cosas, se dijo, todavía incrédulo, toneladas. Además estaba lo del mendigo, ¿cómo era que le decían?, ah, sí, Elías, el Elito, el Loco de Remate, el Zombie, o como fuera, estaban sus ojos, su boca y las palabras (¿te gustan las estrellitas, niño?) saliendo de su boca y todo ese olor que no lo dejaba dormir, que se agolpaba a las puertas de su nariz (¿de su nariz, era a las puertas de su nariz?) y lo sofocaba día y noche, sin descanso, trayéndole imágenes, siluetas, aromas familiares, distantes, olvidados, terribles, pero infinitamente familiares, sí, sobre todo familiares... Casi le dolía respirar, y el primer par de días debió recurrir al antiguo artilugio contra el asma, su viejo y querido fantasma: el disparador. Lo había dejado de usar cerca de los diez años y sólo lo llevaba entre sus cosas para casos de emergencias o algo así, pero aquellas dos últimas semanas lo había tenido que usar con tanta frecuencia que llegó a pensar que el achaque del asma había regresado desde su niñez, más desesperante y vengativo que nunca.
Aunque tal vez sólo se tratara de los olores. Tal vez era la densidad marina de la Caleta, o las finas partículas de tanto pasado apretujado contra sí mismo, aglutinándose en una viscosa capa olfativa: rostros, gritos, faenas, actividad bulliciosa y nebulosa inquietud venida de un polvoso acontecer que se había quedado oreando, como olor a carne chamuscada, las paredes y las cosas de aquel lugar. Su intensidad era casi asqueante, sin embargo, y alarmantemente opresiva, sobre todo en ciertos sectores como la Playa de los Gringos y el Varadero, sí, el Varadero: el viento que a veces soplaba desde sus contornos, traía mensajes cargados de delirantes vestigios y promesas cimbreando entre sus ondulantes ráfagas aromáticas. Abismos, aullidos, ruinas humeantes y pestilentes, infectadas de purulenta oquedad.
Se llevó dos dedos a las ventanas de la nariz. De pronto había comenzado a bajarle un tibio escozor desde allí hasta el labio superior: sangre. Se paró de un salto, tanteando en la oscuridad hasta dar con la lámpara a gas (la cabeza latiéndole a mil por segundo). Encendió la luz, que coronaba un ancho tubo de gas licuado, y buscó en el bolsillo de la mochila apoyada en una pata de la mesa. La irradiación lumínica, potente, pero aun proyectora de desproporcionadas sombras, dejó al descubierto una estancia todavía a medio habitar: una mesa larga, cubierta por un mantel de nylon, puesta en el centro con cuatro destartaladas sillas alrededor; dos viejos sillones contra las esquinas y un par de muebles de madera aún cubiertos por una fina capa de polvo, además del pequeño estudio montado en un rincón, donde una vieja mesa de cocina hacía de escritorio para el computador personal, junto a una pequeña impresora, la máquina fotográfica y una ruma de diarios y papeles a medio desbaratarse.
Mierda, pensó, sentándose otra vez frente a la pantalla y secándose la sangre con el papel desechable sacado de la mochila, si sigo así me voy a ir en sangre antes de terminar con la historia. Miró con ojos tristes la deprimente atmósfera del cuarto y se preguntó qué mierda hacía metido en ese lugar. Un lejano estruendo marino se coló entre los tablones que tapiaban las ventanas sucias y rotas, acompañado de un ululante y quejumbroso, casi sordo, gemido semihumano: el loco debía andar vagando cerca de allí. Era otro de los motivos, aparte de los endemoniados olores, que casi no lo había dejado dormir durante su estadía en la Caleta. Dos o tres veces se había despertado en medio de la noche, sobresaltado por esa voz estridente y obsesiva, llorosa, hablando de muertos, abismos, avernos y quien sabe cuánta estupidez más. La primera vez la oyó tan cerca que llegó a pensar que el loco había entrado en la casa, pero sólo la merodeaba, gimiente, inquietante, incluso, a veces, hasta furtivamente. Más que el ruido que provocaba, o la falta de él, lo que le anunciaba la cercanía de aquel delirante andrajoso era una andanada de olores: estrellas marinas, algas muertas, flores... ¿Flores? No podía concebir ni conectar ninguna imagen, por nebulosa que fuera, con ese último aroma. Sin embargo, algo (en la profundidad de sus sueños, tal vez) vibraba ciega, pero familiarmente, bajo ese marcado olor dulzón a pétalos y tallos: olor de cementerios.
Pero no podía seguir así. La falta de sueño y el dolor en la base del cuello ya casi le impedían trabajar. De hecho, no había podido leer ni escribir nada medianamente bien luego del incidente de las estrellas marinas. A duras penas había completado una breve introducción del primer artículo que formaría parte de una edición especial sobre el histórico suceso del mar carrizalino arrojando más de un centenar de cuerpos infantiles a sus aisladas playas.
Algo, no sabía muy bien qué, pugnaba por materializarse y cuajar definitivamente en el indescifrable torbellino de sus sueños y su descontrolada potencia olfativa. Algo que aleteaba en el aire del atardecer, cuando el andrajoso mendigo iniciaba una danza demencial allá, a la entrada del Varadero, donde lo había visto cada tarde desde las rendijas de las ventanas ondular en un trance hipnótico, canturreando un triste, doloroso y, por lo mismo, perturbador lenguaje de sonidos guturales, mientras el viento invernal arrastraba tras sí la noche con sus sonidos y su manto de olores torturantes una y otra vez, sin compasión... Ese algo, que estaba siempre al borde del colapso definitivo, era contra lo que debía protegerse para no enloquecer al finalizar esa enfermiza aventura; pero ¿cómo? Volvió a apretarse las sienes con fuerza, intentando acusar la pestilencia que le raspaba las paredes de la nariz. ¿Cómo?