Horacio Lobos Luna: ESTACIÓN BOULEVARD

sábado, 2 de febrero de 2013

ESTACIÓN BOULEVARD

Boulevard Montmartre de noche. Camille Pissarro - 1897

Solemos dar una vuelta por el boulevard, más por costumbre que por otra cosa.   Ya casi hemos perdido la esperanza de que vayan a ocuparnos, pero siempre es bueno estar a la mano, por si algún novel quiere adentrarse en un viejo tópico o figura y aplicarse un poco a la antigua escuela.  Algo que hacen con bastante frecuencia en ciertos periodos, muchos por un afán de sofisticación o clasicismo, todos por una errónea idea de innovación y creatividad.  Cuando eso ocurre proliferan pegasos, musas  y dioses olímpicos, es decir, siempre han proliferado, igual que el resto de nosotros, sólo que entonces se delinean muy poderosamente, adquieren una brillante tonalidad que resalta sobre el fondo de formas envejecidas (que también suelen abundar por aquí), y parecen cobrar vida e inundar cada rincón con su presencia.  Pero es una mera ilusión óptica; dura lo que dura y luego vuelven a ser parte de lo grisáceo, como la mayoría.  Hasta que vuelven a ocuparlos y el ciclo se repite.   Así y todo tienen suerte de ser los más usados en cualquier época, con sus más y sus menos claro, aunque últimamente su brillo es tan artificial y fatuo que uno no sabe si prefiere quedarse esperando mejor suerte que ser usado de esa manera.
De todas formas venimos aquí y esperamos nuestro turno.  Pero es difícil en épocas como esta.  Las ideas parecen moverse con una rapidez que las diluye; carecen de cuerpo, de textura, y cambian de forma constantemente.  Nada dura.  Ni hablar de la creatividad.  Un penoso remedo.  Sólo un uso momentáneo de viejos tópicos y figuras, en decadentes y extrañísimos conciliábulos, como en los peores tiempos, dicen los más entendidos.  Las gárgolas, por ejemplo.  Su último gran florecimiento fue siglos atrás, ellas, que remontan su origen a las formas más antiguas, a los primeros tiempos cuando eran cantadas y esculpidas en piedras con nombres de demonios primigenios.   Ahora da pena mirarlas: pasto de modernos dibujantes y caricaturistas, nada más.  No es el uso más digno para criaturas de un porte casi divino, pero por lo menos todavía conservan un poco de cuerpo gracias a eso.
En cambio nosotros pasamos por un periodo casi de inexistencia.  No es menor.  Los personajes de gabardina, moviéndose por las populosas callejuelas de Paris y Londres, dejándose encontrar en los lugares más inverosímiles (un café, un restorant, un bar oscuro) para que  la acción novelesca pudiese sostener su continuum, por años a veces, no pasamos de ser un añejo sucedáneo de lo que se llamó “justicia poética” alguna vez.  Solemos ser pasto de sarcásticos comentarios cuando se nos menciona en uno que otro pasaje por ahí (eso evita nuestra desaparición definitiva), a lo más un gesto de conmiseración por la ingenuidad poética de nuestros creadores.  No comprenden que siempre fuimos el vehículo de un entramado mucho más profundo que nuestras propias historias.  Éramos la excusa para decir algo acerca del mundo en que nos movíamos: el fastuoso ir y venir de una clase media emergente en medio de dos guerras, su fatuo devaneo entre lujosos resorts e inmundos sucuchos.  Ahora somos una forma desdeñada, reconocida sólo en antiguos films o en románticas historietas detectivescas.
De vez en cuando nos divisamos unos a otros desde la distancia, esperando el momento en que alguna nostálgica voz nos traiga hacia la luz de nuestros antiguos ropajes; la voz de un autor personaje al que poder sorprender en una esquina, en una oscura barriada, en el hall de un hotel, y darle la excusa de seguir construyendo a través de nuestras figuras la nebulosa luminosidad de un mundo que se extingue sin remedio.