Horacio Lobos Luna: Llenando espacios: (I) "¡Perdóname, Nela!"

martes, 23 de octubre de 2012

Llenando espacios: (I) "¡Perdóname, Nela!"


¿Y si yo les dijera que Marianela fue mi gran primer amor literario? La emoción que sentí al finalizar ese libro de Benito Pérez Galdós no sé a qué puede ser comparable en mis sucesivas lecturas. Lo mismo que la absoluta fascinación cuando terminé de leer La noche boca arriba de Julio Cortázar. La fascinación por este último dura hasta el día de hoy, y creo que durará hasta que ya no tenga memoria ni de mí mismo, pero mi emoción por las obras de Benito Pérez Galdós duró lo que duró mi amor por Marianela, o sea, menos de un lustro. Es decir, Marianela sigue siendo mi primer amor literario, siempre, pero con esa nostalgia del amor que fue y que no volverá a ser ya más. Inútil fue el trabajo de buscar por todos lados El doctor Centeno, que era donde decía Pérez Galdós, al final de Marianela, que continuaba la historia. Era una historia aburrida en que la Nela ya no estaba. Claro, si ya había muerto trágicamente. Lloré desconsoladamente, a mis catorce años, la muerte de la Nela. Sufrí su dramático destino y maldije al creador tan cruel que le había construido esa vida, dejándola terminar en la miseria del amor no correspondido y su fealdad. Y traté con todas las fuerzas de mi inexistente talento de escritor devolverle la vida, construir un final mejor para ella. Ahora que lo pienso, quizás fue por ese absoluto amor y compasión por el destino de la Nela que me hice escritor, o me inicié en el trabajo de escribir, para poder salvarla de ese fin tan inmisericorde. Creo que empecé a ser escritor por compasión, ahora recién caigo en la cuenta.
   Fue allí que comencé a compreder, casi por instinto, que el escritor era un pequeño dios, y que sus personajes vivían en sus libros cada vez que un lector los ponía ante su mirada. Años después supe de una anécdota también dramática sobre Pérez Galdós, el autor de este libro ya clásico. Estaba en una representación de su Marianela y cuando termina la obra con la triste y terrible muerte del personaje, cuentan que él, ya viejo entonces, se levanta de su asiento en medio del público y exclama visiblemente conmocionado: "¡Perdóname, Nela!". Pero ese final ya estaba escrito. ¿Qué no hubiera dado Pérez Galdós en ese entonces, igual que yo cuando terminé el libro, por deshacer ese terrible final y volver a hacerlo, quizás no feliz, era difícil dadas las circunstancias en la historia, pero menos terrible para la pobre niña-mujer? Yo traté, lo juro. Me rebelé contra ese desgarrador destino y en mi rebelión inicié, sin saberlo, o sólo hasta hoy que escribo estas líneas, mi jornada en la escritura.
    Las primeras lecturas marcan definitivamente a los que luego seguimos por este camino. En esa primera lectura entendí el poder de creación del escritor. En la anécdota conocida después sobre Pérez Galdós y sus dramáticas palabras en ese teatro, comprendí que incluso para el escritor, como creador, esos mundos cobran una realidad inusitada. Que mientras uno está en ellos son reales, y que esos seres existen, aunque sea cada vez que alguien abre un libro y lo comienza a leer. Quise salvar a la Nela y empecé a escribir, pero no pude. Aún no puedo. Y nunca podré. Porque esa historia ya está escrita. Y si ni siquiera Pérez Galdós pudo escribir una segunda parte medianamente decente para la historia de la Nela, ¿quién va a poder hacerlo alguna vez...?