viernes 30 de octubre de 2009

EL MOMENTO DEL UNICORNIO. RELATOS

Esta vez dejaré de lado mis propias letras para dar espacio a las de un escritor que vale la pena celebrar, Norberto Luis Romero. Tropo Editores ha publicado uno de sus libros y no me cabe la menor duda de que seguirá dando que hablar como lo ha hecho hasta ahora debido a su excelente nivel literario. Aquí les dejo la reseña hecha por Tropo Editores para que vayan enterándose.

COMUNICADO DE PRENSA
El momento del unicornio
Tropo Editores


Sorprendente colección de cuentos que constituirán un descubrimiento y un deslumbramiento para la mayoría de los lectores.

Cada uno de sus relatos nos lleva por ignorados parajes que están fuera de la realidad y dentro de nosotros mismos. La inquietante extrañeza que Daniel Moyano señaló como característica esencial de la narrativa de Norberto Luis Romero, se acentúa, si cabe, en los relatos de este libro. Pocas veces un escritor ha conseguido crear con tan limpia y escueta escritura una atmósfera más cargada de desasosiego, sensualidad y misterio.

Desplaza los límites de la realidad cotidiana hacia espacios más oscuros y asfixiantes donde un fatalismo casi espectral parece impulsar las acciones de sus protagonistas. Se traslada así el sentido inicial de lo aparente hacia infiernos del alma donde el primer enemigo es uno mismo, esa galería de fantasmas que llevamos todos dentro y que encuentra los más asombrosos modos de manifestarse al exterior, a ese otro espacio que el autor llama lado diáfano de la vigilia y que, no por tal, está libre de sufrir un brusco giro.

Es sin duda, uno de los más brillantes escritores de relatos breves que ha dado la lengua española en los últimos tiempos, heredero de la tradición de Cortázar y Borges, poseedor de un universo exclusivo de obsesiones con una densidad de estilo que atrapa de inmediato al lector, condensado en joyas del género como son Diario del taxidermista, Ritual de los espías, La captura y muchas otras de las narraciones que contienen sus tres libros de cuentos.

Norberto Luís Romero ahonda en los abismos más tétricos y oscuros del ser humano y se confirma como uno de los más inquietantes escritores de ficción vivos de nuestro país.

sábado 5 de septiembre de 2009

RETORNO


Amigos, sé que es tiempo de volver
de los campos donde languidecen
los parias de sí mismos, idiotas convencidos
de un amor irrisorio y de la lanza
que atraviesa el costado de su pulmón
sin misericordia, ni esperanza alguna.
Dejar de revolver la llaga y jugar
a la víctima que se golpea contra el cristal
de sus lamentos como un pájaro obcecado
de tanta injuria bien hilada y mal tejida.
Lo sé, amigos.
Es hora del regreso victorioso de aquel
que se vence a sí mismo en el sangriento
instante del horror de su propia herida.
¿A quién engañamos si la vida era esto?
Un puñado de placeres que se trenzan
con esperanzas en la cadena del esclavo
de sus propias miserias, payaso infame
que cimbrea su propia pena como un fantasma
al que rendirle pleitesía.
No diré más mentiras, amigos, no diré
más mentiras. Diré mentiras nuevas,
sí, de esas que hacen continuar con la vida.
De esas que colgamos al sol, deshuesadas,
cuando sólo queda el retorno del foso
que devuelve su reflejo moribundo
de unas pobres penas que no son nada.
¿Qué alguien me escupió el rostro?
Mentira.
¿Qué fui olvidado en la charca del desperdicio?
Mentira.
¿Qué me vistieron con las orlas del no amado?
Mentira.
¿Qué fui el títere de dos que sin piedad se buscaron?
Mentira.
Fui el que quiso olvidarse de sí mismo,
el que se vistió con las orlas que mejor le sentaron.
El que entregó los hilos de su mortaja
a los infames verdugos que bien lo amaron.
Todo fue mentira, amigos, todo fue mentira.
Porque era este corazón que deseó
y que en su carrera violenta violentó
su propio afán, que se estrelló contra
el muro de los lamentos sabiendo
que el tiempo de llorar llegaría tarde o temprano.
¿A qué decir entonces que no vi venir la ola
sobre el horizonte en el instante del temblor
más amargo?
¿A qué tanto lamento, tanto lamerse
las heridas expuestas para que todos se apiaden
en romería del mártir sacrificado?
No, amigos, el amor me desborda, me cubre
desde todos los flancos.
Era esta pena, esta reconcentrada esperanza
que no soltaba ni a sol ni a sombra
la que doblegó mis frutos más altos.
Vuelvan, amigos, vuelvan sus lanzas
contra este que desprecia el amor
que día a día le han otorgado
con sus miradas y sus oídos, con su boca,
con su sonrisa y sus felices abrazos.
Aquí estoy, triunfante regresaré
donde claman por mi nombre, al punto
en que el festín del idiota se vuelve
la fiesta en retorno del amigo pródigo
que nunca, nunca, nunca fue olvidado.

domingo 30 de agosto de 2009

BALADA II



Sé que van de la mano por alguna
arteria de esta ciudad que amo.
Lo sé porque las mías palidecen
desde hace siglos por el frío
de la pena, la soledad, el olvido
y la huella del vacío que dejaron.
Lo sé porque escribo versos cursis
como este, cuando debería estar
haciendo el trabajo que nunca hago.
Que postergo en el dolor diminuto,
incrustado en la vena más recóndita,
imposible de alcanzar por más
que pasen los días o los años.

¿Qué harán mientras escribo estas palabras?
¿Adónde irán sus pensamientos
más felices, más llenos de recados?
Irán del uno al otro en la distancia,
a pesar del cielo o del infierno
que fueron dejando a su paso.
¿Qué les importará haber pisado
las flores, la hierba fresca,
el perdón una y otra vez otorgado,
cuando ahora sus dedos se enlazan
en un cielo que sólo en ellos
es un hermoso cielo estrellado?

¿Dirán el nombre de los muertos,
de los que languidecen, aún gimientes,
al exilio de sus manos?
¿Sabrán reconocer la huella,
la sangre con que al unirse
hicieron brotar y se salpicaron?
No ve la marca escarlata de la vergüenza
quien vive prendido de unos ojos,
de una pasión y de unas manos.
Por eso este dolor no quiere pasar
sin ser visto cuando una voz susurra:
“Iban uno al lado del otro por la Plaza,
en la noche, unidos, como quien
ignora a los que ha ignorado.”

No les importa quien los mire,
ni los cadáveres de aquellos
que más los quisieron y que ahora
pasan por su lado.
¿No temen a sus propias sombras?
¿No temen la sentencia que da la vida,
tarde o temprano?
En su paso, lento, seguro, unido,
se escucha el regio compás
del que nada teme, nada espera,
la confianza del tirano.

¡Ah, si la vida fuera, por lo menos,
una rosa, una piedra, una nube,
cualquier cosa, algo!
Y no esta letanía del cobarde
que la nombra para disculpar
los horrores que lo cercan,
los errores con que teje su disfraz
de bufón semihumano.
Entonces pediría retribución
para los que quedan, en la orilla, abandonados.
Estatuas de sal que no alcanzaron
a escapar del castigo infame
a la hora de la pregunta, de la duda,
del atónito volver sobre los pasos
cuando no se comprende porqué
el fuego arrasa a pesar
de la pasión de lo entregado.

Por alguna arteria de la vida,
unidos en la complicidad
de lo negado,
sé que van, cantando o riendo,
tomados de la mano.

sábado 8 de agosto de 2009

LA MUERTE ES UNA VIEJA RAQUÍTICA...


La Muerte es una vieja raquítica
negra y afanosa que va por la tierra
y los campos blandiendo su guadaña
a diestra y siniestra, cortando y segando.
Siega ciega los tiempos de los mortales,
los días, las horas, los meses, los años,
uno por uno van cayendo bajo su ala
trágica los minutos como gavillas
que se pegan al melodrama de la vida,
sacudidas por el viento en vana
esperanza de inmortales sueños.

Pero la antigua voz del poeta
resuena sobre la rosa lozana
que se ufana en sus espinas:
Inmortalia ne speres, sentencia,
y la guadaña de la Muerte inicia
su siega ciega de cuanto florece,
sorda de cuanto tintinea y canta,
muda deja oír el susurro del filoso
metal rebanando certero, justo
y conciliador de todos los seres.
Un guadañazo murmura: Por ser hombre.
Otro jadea: Por ser mujer.
El tercero vibra rumoroso: Por ser niño.
Uno más sopla inmisericorde: Por ser.

¿Cómo huir de su arrebatado vuelo?
Inclinarse no basta, ni morder el polvo
para evitar el roce de su media luna afilada.
Ni el más rastrero de los mortales
alcanzaría a plegarse sobre la tierra
para no ser barrido de ella para siempre.
O para nunca.
Porque la Segadora viene y pasa, silbando
una canción de cuna para recordarnos
que nacemos carne de su guadaña.
¿Quién recoge los miembros repartidos sobre el campo?
¿Quién los guarda del penoso invierno de la Muerte?
Porque los vemos caer unos sobre otros y sabemos,
más allá de toda intuición, que quizás eso es todo,
lloramos la partida del que jamás parte,
del que se queda segado al comienzo,
en mitad o al final de la vida
o al principio de la Muerte.

domingo 19 de julio de 2009

LA FLOR ENTREGADA

Para JC, con toda la amistad de la que soy capaz.


Su boca era carnosa, y cuando reía el aire se cargaba de cristales temblando, jubilosos, detrás de una puerta. Así era entonces, como su mirada, una honda negrura sedosa que se posaba sobre cada cosa, sobre cada gesto, igual que sus tenues y blancas manos, generosas a la hora de sostener otra distinta de la suya, de dibujar señales que se desplegaban en la distancia para llamar a la cálida reunión alrededor del fuego, en los albores del tiempo y la vida.

¿Quién hubiera sospechado que la flor que se le abría en el pecho, reconcentrada en su diminuta forma escarlata, imperceptible, tenue, sería esa yaga abierta sobre el corazón? “No sé –dijo de pronto–. Otro día tal vez.” Y el tiempo se eternizó sobre sus palabras, sobre sus manos que se volvieron aves escurridizas en medio del espanto, sobre sus ojos abiertos hacia pozos de tristezas y temores indecibles. Entonces su risa fue una campana sonora, anunciando la nostalgia de alegrías que ya no eran o que nunca habían sido.

“Estoy bien. –repetía, con una voz solitaria, más allá de sí mismo–. Todavía soy yo.” Pero no era. La primera mancha roja e informe sobre su camisa amarilla fue la señal, indeleble, quedó allí para siempre, lo mismo sobre los caprichosos rombos de su chaleco, o la fibra negra y gris de su bestón. Se esparcía sobre ese espacio día con día, hora tras hora, incontenible, poderosa e implacable. “No –decía, sin dejar de sonreír–. No duele.” Pero dolía. Con un dolor silencioso, amordazado por cadenas que jamás supo describir ni quiso pronunciar con su propia voz.

“Déjenlo –dijeron un día, casi en el paroxismo de su agonía–. Ya no hay nada que hacer.” Pero no murió, o si lo hizo nadie supo, ni él mismo. O algo de vida subsistió en él bajo la yaga abierta que es, caminando, sonriendo, hablando, como hablan los muertos en la fría fosa de sus días.

Porque su boca era carnosa, y cuando reía el aire se cargaba de cristales sonoros y dulces, sólo por eso, esperaré justo aquí, en la entrada y salida de su diario ir y venir, con una flor roja en la mano, para mostrarle que su pecho florece, que es una flor lista para ser entregada y, sólo entonces, volver a reír.

jueves 9 de julio de 2009

ROMANCE DE JUNCO Y AGUA

En recuerdo de Oscar Castro.

No hablaré de las penas hoy.
Diré que el tiempo amanece
y el junco de la ribera vuelve a ondear
sobre la superficie temblorosa del agua.

De un lado a otro zumban breves
insectos en mensajes alados
sin destino preciso y sin horarios.
Es la hora de la delicia espumosa
que bordea los labios en dulces sabores.

Y el tiempo se alarga, y el sol se estira,
dice mi nombre como una letanía
que dormita en la calidez de la tarde.
Y sopla su gozo sobre la tierra una vez más.

¿Dónde están las penas que sólo ayer
me abrían hondos senderos de desesperanza?
¿Dónde los dolores que día a día
me deparaba la rutina de los meses
que nunca acaban?

Se marchitan sus rescoldos, tenaces,
moribundos, allí donde quemaron
mi alma, ignorantes de su zarpa
feroz y extenuante, pavorosa.

Lo sé. Bastaría un leve soplo
para levantar las cenizas y agitar
sus candentes brasas: tan frágil
es el corazón del que aún convalece.

Pero miro desde mi ventana, en la distancia,
y la dulce agonía retrocede ante el paisaje
de mis ojos abiertos al mundo, devueltos
a las cosas que crecen, poderosas
y crepitantes de cantos y esperanzas.

¿Qué importa si no brotó el amor
donde puse la caricia plena de afectos?
¿Qué si el vendaval de la pasión
fue más fuerte que la fe de mi alma?

Me abrazo de nuevo al amor, implacable,
más allá del gesto o la palabra
que jamás llega.
Y acaricio, furtivo, la espalda del amigo
que se va y me deja, porque es tiempo
de volver al agua mansa, luminosa,
al junco que se mece, jubiloso, solitario,
en la ribera temblorosa del agua.

domingo 5 de julio de 2009

ODA AL REY DE LOS HUEVONES


El huevón más grande del mundo
sale de su casa cada mañana
como quien va a un matinal de circo;
lleva su traje de payaso, y sus lágrimas
pintadas en grandes gotas rojas.
A veces sonríe más de la cuenta
al amigo que le tiende su mano
por compasión de ver aquel
rictus patético que es su rostro:
mendigo un poco del amor
o la amistad regateada a mansalva.

¿No le dijeron que tres son multitud?
¿No le enseñaron que ser
el tercero de la mesa y un mero espectador
de la felicidad de otros
es digno de lástima?
“Vuelva mañana”, le dicen siempre
y siempre vuelve.
“Hoy no se fía, mañana sí”,
lee infinidad de veces,
pero no termina de pedir
crédito apenas le preguntan
cómo está y qué ha hecho.

“Sean honestos”, suplica,
“díganme la verdad, ¿acaso molesto?”
Pero la verdad es relativa
y más cuando se anhela el calor
de alguien en quien confiar,
y el amor es ciego,
ciego como un topo,
sordo como una tapia,
y la honestidad es un baile
pasado de moda, un dolor
en el costado de la humanidad,
molesto y aberrante, del que nadie
quiere saber un comino.
Por eso le sonríen y le dicen
que no, que está bien, que todo
está bien, que otro día será,
y el huevón vuelve
una y otra vez.

El huevón más grande del mundo
cree en la amistad pura,
en las buenas intenciones
y en la Virgen María.
Lee a Séneca y a Plutarco
y cree que la sal de la vida
es el amor que entrega a otros
y que otros devuelven por ley natural.
No sabe concebir el engaño y la desidia,
ni calcula el mal que otros podrían hacerle.
Se siente culpable porque no le aman
como les ha enseñado a amar con su amor,
porque no quieren su amistad
con la intensidad de su fuerza.
Insiste y se arrastra ante la puerta
que se cierra en su cara y piensa:
“Tal vez fue el viento”, “Quizás no es
un buen momento”, “Debí
llamar antes”.

El huevón más grande el mundo
se detiene ante el amigo
que lo ignora y piensa que algo
ha hecho mal, y que la amiga
que lo busca para hablar
se preocupa de su amistad
tanto como él de ella.
Pero no sabe que él y ella
están en la otra línea de juego,
y aunque él desee entrar
en el partido está outside
porque el tiempo de los huevones
pasó como pasa la vida y la humanidad.