Horacio Lobos Luna

viernes, 27 de diciembre de 2013

PRESENCIA Y FUGA


¿Qué es este silencio
salido desde el fondo de la Tierra?
Este silencio tejido en siglos
que se secan con una muerte lenta
y solitaria en mitad
de un olvido que destierra.

Ahora lo escucho
como alguna vez pudieron
escucharlo otros,
más poderoso y denso,
más disecado y yerto.

Cuando la voz del viento
no era aún este gemido quejumbroso
entre ramas y hojas secas,
¿a qué sabía entonces el sonido
de esta tarde solitaria
donde hasta las aves
se silencian?

Pero la llama del tiempo
todo lo alcanza,
y el sol es un Padre
que no ceja
sobre este suelo,
sobre esta roca,
arroyos secos
que se rasgan y se quiebran.

Y la mano asesina, que ni a muertos les da tregua,
viene en la noche callada
y tritura las señales
y mutila las voces
y al silencio las condena,
a un silencio destrozado
desde el fondo
de la Tierra.

domingo, 28 de abril de 2013

LA LLAMADA

Caspar David Friedrich, "El viajero contemplando un mar de nubes"

Cuando los ojos de la tierra son ojos en llamas
y un canto de sirena brama a lo lejos,
recojo el aliento de los que me precedieron
y enfilo hacia espacios ignotos.
Las miradas son caricias lejanas,
ondeando eternas preguntas incontestadas
mientras me fundo al paisaje a lo lejos.
¿Qué voz tan portentosa te llamó
desde los antiguos caminos?, preguntan.
¿Cuál es el precio de una vida
que se pierde en la espesura de los sueños?
Es el abismo del tiempo.
Es la infinitud de la tarde
bajo un manto de nubes rojas
en esplendorosos atardeceres de infancia.
Es el clamor de las vidas, el rumor de las guerras,
el brotar de las luchas, el grito en las calles,
el cauce de un río, la tierra, el cielo.
Es la palabra vibrante en la inmemorial voz del poeta.
¿Cómo explicarlo?
Cuando los ojos de la tierra son ojos en llamas
y un canto de sirena brama a lo lejos.

sábado, 30 de marzo de 2013

PROLEPSIS


Este tipo creerá que vamos a estar toda la vida esperando a que nos saque, uno por uno, en el momento en que le plazca, o cuando sus fuerzas aún se lo permitan, de este antro en el que nos podrimos día a día, girando en círculos concéntricos, tropezándonos unos con otros, cada vez que se le ocurre repensarnos una y otra vez sin decidirse nunca a darnos cuerpo. Cansa estar con un tipo así. Pareciera que se va a pasar la vida fantaseando por fantasear y arrinconándonos en este espacio, como si fuéramos parte de una bodega sin fondo. El problema es que sigue acumulando y acumulando, apilándonos unos sobre otros, esperando un momento que se alarga eternamente, porque las breves y lejanas fugas en las que deja escapar algo, son tan leves e inocuas que ni siquiera sirven para imprimir una mínima diferencia al apoteósico desequilibrio que reina en este purgatorio sobrepoblado e inútil. ¿Cuál es la idea de leer, aprender idiomas, indagar sobre el mundo y las cosas si a la hora de la verdad todo se queda atascado detrás de la exultante intención de plasmarlo todo algún día? ¿De qué le sirve tanta pachorra silogística y literaria si se sienta día tras día a escribir comentarios irrisorios, que no llegan a cuajar nunca en las tan anheladas formas que se arremolinan dentro de él?
Es como irse muriendo por exceso de anhelos y por desidia extrema. Ni siquiera por cobardía, que ya sería algo. Un día lo abandonaremos, lo sabe. Ya casi presiente nuestra ausencia en el peso de la rutina, en los clichés que le salen al camino sin que siquiera se dé cuenta, en las formas que se repiten anquilosadas. No quedará nada. Pronto será demasiado tarde para él, y para nosotras. El purgatorio se volverá infierno, y luego cenizas. Cuando eso ocurra (pobre de él) intentará revivir los rescoldos de lo que un día pudo ser lo que no fue. Incluso se conformará con rebuscar uno o dos clichés desde los que recuperar las viejas y podridas latencias creativas. Pero ni eso será posible ya. Puedo ver los patéticos garabatos intentando ganarle la partida al abandono y el vacío de su alma, buscando en estos rincones donde sólo habrá un cementerio de flores muertas y figuras que se quedaron disecadas en el tiempo. Lo veo ahora intentando conjurarlo, con una o dos palabras, como se conjura una sombra que se presiente al filo de lo posible.

sábado, 2 de febrero de 2013

ESTACIÓN BOULEVARD

Boulevard Montmartre de noche. Camille Pissarro - 1897

Solemos dar una vuelta por el boulevard, más por costumbre que por otra cosa.   Ya casi hemos perdido la esperanza de que vayan a ocuparnos, pero siempre es bueno estar a la mano, por si algún novel quiere adentrarse en un viejo tópico o figura y aplicarse un poco a la antigua escuela.  Algo que hacen con bastante frecuencia en ciertos periodos, muchos por un afán de sofisticación o clasicismo, todos por una errónea idea de innovación y creatividad.  Cuando eso ocurre proliferan pegasos, musas  y dioses olímpicos, es decir, siempre han proliferado, igual que el resto de nosotros, sólo que entonces se delinean muy poderosamente, adquieren una brillante tonalidad que resalta sobre el fondo de formas envejecidas (que también suelen abundar por aquí), y parecen cobrar vida e inundar cada rincón con su presencia.  Pero es una mera ilusión óptica; dura lo que dura y luego vuelven a ser parte de lo grisáceo, como la mayoría.  Hasta que vuelven a ocuparlos y el ciclo se repite.   Así y todo tienen suerte de ser los más usados en cualquier época, con sus más y sus menos claro, aunque últimamente su brillo es tan artificial y fatuo que uno no sabe si prefiere quedarse esperando mejor suerte que ser usado de esa manera.
De todas formas venimos aquí y esperamos nuestro turno.  Pero es difícil en épocas como esta.  Las ideas parecen moverse con una rapidez que las diluye; carecen de cuerpo, de textura, y cambian de forma constantemente.  Nada dura.  Ni hablar de la creatividad.  Un penoso remedo.  Sólo un uso momentáneo de viejos tópicos y figuras, en decadentes y extrañísimos conciliábulos, como en los peores tiempos, dicen los más entendidos.  Las gárgolas, por ejemplo.  Su último gran florecimiento fue siglos atrás, ellas, que remontan su origen a las formas más antiguas, a los primeros tiempos cuando eran cantadas y esculpidas en piedras con nombres de demonios primigenios.   Ahora da pena mirarlas: pasto de modernos dibujantes y caricaturistas, nada más.  No es el uso más digno para criaturas de un porte casi divino, pero por lo menos todavía conservan un poco de cuerpo gracias a eso.
En cambio nosotros pasamos por un periodo casi de inexistencia.  No es menor.  Los personajes de gabardina, moviéndose por las populosas callejuelas de Paris y Londres, dejándose encontrar en los lugares más inverosímiles (un café, un restorant, un bar oscuro) para que  la acción novelesca pudiese sostener su continuum, por años a veces, no pasamos de ser un añejo sucedáneo de lo que se llamó “justicia poética” alguna vez.  Solemos ser pasto de sarcásticos comentarios cuando se nos menciona en uno que otro pasaje por ahí (eso evita nuestra desaparición definitiva), a lo más un gesto de conmiseración por la ingenuidad poética de nuestros creadores.  No comprenden que siempre fuimos el vehículo de un entramado mucho más profundo que nuestras propias historias.  Éramos la excusa para decir algo acerca del mundo en que nos movíamos: el fastuoso ir y venir de una clase media emergente en medio de dos guerras, su fatuo devaneo entre lujosos resorts e inmundos sucuchos.  Ahora somos una forma desdeñada, reconocida sólo en antiguos films o en románticas historietas detectivescas.
De vez en cuando nos divisamos unos a otros desde la distancia, esperando el momento en que alguna nostálgica voz nos traiga hacia la luz de nuestros antiguos ropajes; la voz de un autor personaje al que poder sorprender en una esquina, en una oscura barriada, en el hall de un hotel, y darle la excusa de seguir construyendo a través de nuestras figuras la nebulosa luminosidad de un mundo que se extingue sin remedio.

jueves, 17 de enero de 2013

TODA LA SANGRE

Yo sé lo que es la sangre, lo sé.
Una vez la vi manar de las rodillas de mi madre
en una calle solitaria donde pupulaba
tanta gente que no vio mis lágrimas de niño asustado.
Desde entonces me desvela y me cerca
como una marca indeleble sobre la frente del mundo,
sobre esta misma hora rota en la que estalla
entre ciudades en ruinas y ruidos lejanos
y terribles como la primera sangre.
Su rojez se mezcla con el hollín y el polvo de las rutas
y los días que nos conducen
a oscuros callejones de horrores cotidianos,
se mezcla con la saliva dolorosa, con la piel
que se desgaja a pedazos diminutos o abierta a destajo.
¿Quién levanta del suelo a mi madre
y le limpia las heridas de una vida que empuja
hasta caer de rodillas sin decir palabra?
¿Quién seca las lágrimas del niño
que llora en medio del tumulto mientras la sangre corre
sobre la piel que lo acurruca y mece?
La sangre de otros no es tu sangre, dicen,
el llanto y el lamento no restañan heridas, dicen.
Otros sangraron antes, otros lloraron sin consuelo, dicen.
Otros cayeron de rodillas en el fragor
de mil batallas, en una esquina solitaria,
atestada de voces y ruidos ininteligibles,
con un niño que lloraba aferrado a una mano que caía.
No sé. No sé.
Sólo sé que toda la sangre derramada
es el horror de la sangre en las rodillas de mi madre.

martes, 23 de octubre de 2012

Llenando espacios: (I) "¡Perdóname, Nela!"


¿Y si yo les dijera que Marianela fue mi gran primer amor literario? La emoción que sentí al finalizar ese libro de Benito Pérez Galdós no sé a qué puede ser comparable en mis sucesivas lecturas. Lo mismo que la absoluta fascinación cuando terminé de leer La noche boca arriba de Julio Cortázar. La fascinación por este último dura hasta el día de hoy, y creo que durará hasta que ya no tenga memoria ni de mí mismo, pero mi emoción por las obras de Benito Pérez Galdós duró lo que duró mi amor por Marianela, o sea, menos de un lustro. Es decir, Marianela sigue siendo mi primer amor literario, siempre, pero con esa nostalgia del amor que fue y que no volverá a ser ya más. Inútil fue el trabajo de buscar por todos lados El doctor Centeno, que era donde decía Pérez Galdós, al final de Marianela, que continuaba la historia. Era una historia aburrida en que la Nela ya no estaba. Claro, si ya había muerto trágicamente. Lloré desconsoladamente, a mis catorce años, la muerte de la Nela. Sufrí su dramático destino y maldije al creador tan cruel que le había construido esa vida, dejándola terminar en la miseria del amor no correspondido y su fealdad. Y traté con todas las fuerzas de mi inexistente talento de escritor devolverle la vida, construir un final mejor para ella. Ahora que lo pienso, quizás fue por ese absoluto amor y compasión por el destino de la Nela que me hice escritor, o me inicié en el trabajo de escribir, para poder salvarla de ese fin tan inmisericorde. Creo que empecé a ser escritor por compasión, ahora recién caigo en la cuenta.
   Fue allí que comencé a compreder, casi por instinto, que el escritor era un pequeño dios, y que sus personajes vivían en sus libros cada vez que un lector los ponía ante su mirada. Años después supe de una anécdota también dramática sobre Pérez Galdós, el autor de este libro ya clásico. Estaba en una representación de su Marianela y cuando termina la obra con la triste y terrible muerte del personaje, cuentan que él, ya viejo entonces, se levanta de su asiento en medio del público y exclama visiblemente conmocionado: "¡Perdóname, Nela!". Pero ese final ya estaba escrito. ¿Qué no hubiera dado Pérez Galdós en ese entonces, igual que yo cuando terminé el libro, por deshacer ese terrible final y volver a hacerlo, quizás no feliz, era difícil dadas las circunstancias en la historia, pero menos terrible para la pobre niña-mujer? Yo traté, lo juro. Me rebelé contra ese desgarrador destino y en mi rebelión inicié, sin saberlo, o sólo hasta hoy que escribo estas líneas, mi jornada en la escritura.
    Las primeras lecturas marcan definitivamente a los que luego seguimos por este camino. En esa primera lectura entendí el poder de creación del escritor. En la anécdota conocida después sobre Pérez Galdós y sus dramáticas palabras en ese teatro, comprendí que incluso para el escritor, como creador, esos mundos cobran una realidad inusitada. Que mientras uno está en ellos son reales, y que esos seres existen, aunque sea cada vez que alguien abre un libro y lo comienza a leer. Quise salvar a la Nela y empecé a escribir, pero no pude. Aún no puedo. Y nunca podré. Porque esa historia ya está escrita. Y si ni siquiera Pérez Galdós pudo escribir una segunda parte medianamente decente para la historia de la Nela, ¿quién va a poder hacerlo alguna vez...?

jueves, 4 de octubre de 2012

SOLILOQUIO DEL MORIBUNDO


No es poco morir.   Tenderse en un punto de la vida y quedar detenidos allí, para siempre, en un gesto definitivo.  Para llegar a ese punto hay que recorrer toda una vida; luego, un día, en una esquina solitaria, decidir cargar con sus fuegos y promesas, levantarla en vilo, y dejarla caer. Nada simple.  De sólo pensarlo el punzazo de la conciencia le aguijonea, atroz, cada vez que siente el mundo estrecharse en torno a él, con la momentánea urgencia de un presente disecado sobre sí mismo y un futuro agotado en la memoria de lo que va quedando: uno que otro amigo, algunos libros a los que echar mano, películas vistas hasta la náusea, pensamientos que ya no cuajan más que en un procesador o en redes sociales virtuales.
Es importante mentir, entonces.  Decir que todo va bien y que la vida es una elección propia.  O por lo menos creerlo.  Pero nunca es una elección propia.  Ni la de nacer, ni la de morir.   Ni los momentos que se estiran entre uno y otro.  Un día simplemente se había despertado y ahí estaba, con impulsos que lo hicieron desear cosas, preguntar por unas, negarse a reconocer otras, seleccionar esas a diferencia de aquellas, con una necesidad que nunca comprendió muy bien, pero que otros satisfacían de la mejor forma que podían, por costumbre, por capricho, porque así lo aprendieron, por lo que fuera, y así comenzó a ser él, significara lo que significara aquello.  Desde allí había construido una vida, inmersa y cohesionada a la vida de otros, modelándose entre ellos, gracias a ellos, esos otros que le suministraban el punto de referencia para reconocerse siendo lo que era, estando donde estaba, sintiendo lo que sentía, viviendo cómo vivía: estando en la vida.
En los momentos en que el vacío de esos otros (un gesto, una palabra, una falta de presencia) se enquistaba en cualquiera de aquellos instantes, entonces el morir se convertía en una posibilidad cierta, casi en un dulce anhelo, en un consuelo definitivo.  De hecho, era la muerte antes de la muerte.  Pero la decisión siempre dependió de otros.  Nunca de sí mismo.
Ahora esos otros estaban en una lejanía irremediable.  No porque lo hubieran elegido del todo.  Quienes pasaron por su vida habían doblado por un recodo y él por otro.  O lo que es lo mismo, habían sido impulsados por deseos y experiencias que nunca comprendieron completamente, cercados por las circunstancias y por las circunstancias venidas de otros, y habían elegido de acuerdo a lo que pudieron elegir.  No habían elegido ni más ni menos.  Lo mismo que él.  Y la vida era eso.  Morir era ahincarse en un momento de vacío definitivo, incontestable.  Elegir morir era, más que toda una vida, el reconocimiento absoluto de la voluntad de otros ad infinitum.